Claudina Chavarría Vargas. Una mujer ingeniosa

17 septiembre, 2019 8:17 pm

ECOS R.L., Grupo SIBA, RQL Ingeniería y las familias Quesada Chavarría y Sibaja Chavarría, junto con nietos, biznietos y tataranietos celebraron el 98 aniversario de:

Claudina Chavarría Vargas, una gran mujer que puso los cimientos de nuestra familia llegó a sus 98 años de vida, el viernes 9 de agosto.

De una vida llena de escasez, pobreza, y en un mundo de recursos totalmente limitados y básicos, al lado de su compañero Orfilio Quesada Vargas, supo ingeniárselas para poner en la mesa todos los días algo para comer y encontró una forma para solventar cada una de las necesidades de sus diez hijos, quienes supieron aprovechar las oportunidades y, con lo aprendido, aportar a nuestra sociedad.

Unos más que otros, la vimos recurrir  a la búsqueda de  ñampí, tiquizque y malanga, en las riberas de las quebradas (en aquel tiempo eso era monte), buscar cangrejos y frutas, asar papa de aire, sancochar  banano. .  La vimos cazando pizotes y mapaches con “tigrillera”, matando pavas al vuelo con un “balaú” de un solo tiro, (¡porque tenía una puntería!…)

De las venas de la hoja del banano, nuestra madre hacía esteras para que durmiéramos,  y otras  vendía para comprar comida. De los sacos de gangoche, hizo manteados que se usaban para aporrear los frijoles, desgranar el maíz y servían de cobijas. Para vestir, usaba los sacos de manta: a las mujeres nos hacía vestidos y a los hombres calzoncillos y camisas,  decorados con  el dibujo de las espigas de trigo característicos de los empaques de harina.

Conocía todas las plantas medicinales del entorno y con ella nos curó de sarampión, lombrices, paperas, gastro negro, nos mató los yuyos,  y los piojos. Cuando fue necesario, cargó  a los enfermos desde Tinamastes  hasta el Hospital Viejo para recibir atención médica y aún así le tocó llorar la muerte de nueve de nuestros hermanos.

Está en nuestro recuerdo la vela de los “angelitos” (nuestros hermanos y hermanas que murieron recién nacidos) mientras ella lloraba su pérdida, nosotros celebrábamos una gran fiesta porque nos comíamos un saco de pan que mandaba Tío Rigo, ajenos del sufrimiento de nuestra madre.

Quién sabe cuántas veces nos castigó por perezosos y holgazanes, para que cumpliéramos con las tareas encomendadas y obedeciéramos sus órdenes; pero también, fuimos niños felices porque disfrutamos nuestra infancia:  aprendimos a hacer juguetes de madera, nos llevó al río a bañarnos, nos enseñó a hacer flores de papel, tortillas, arepas, guaraches de burío, entre otras cosas.

Ya en San Isidro fue al rastro (antiguo matadero) a   recoger las hiel  de los chanchos para hacer jabón y venderlo, hizo tortillas, tamal asado  y tamales que nosotros vendíamos en la calle, al igual que las lechugas, los pepinos, el chile que sembraba nuestro padre para llevar sustento a la casa también. También ordeñó vacas, cuidó chanchos y gallinas, cogió café junto con nosotros.

La familia de Doña Nina está formada por 10 hijos e hijas, 47 nietos y nietas, 55 biznietos y biznietas y 2 tataranietos.

Nuestra madre, una persona fuerte, luchadora, crítica, visionaria, que cada día tomó el timón del barco en el que viene la familia para buscar un horizonte prometedor.  Por ella llegamos a San Isidro, para que estudiáramos, porque “la mejor herencia que se le puede dar a un hijo, es el estudio”  frase con la que convenció a papá de dejar su finca y venir a alquilar en el Hoyón.  Ella fue quien nos exigió disciplina y responsabilidad, ella adivinaba nuestras intenciones antes de que hiciéramos travesuras o actos incorrectos. Ella nos obligaba, a varones y mujeres a cumplir con las tareas diarias, a buscar trabajo, a llevar dinero a la familia.

Su Gran Ser acompañado por la “malicia indígena” le permitió interpretar su entorno para encontrar oportunidades y amenazas para la familia que dirigió.  

¡Nuestro agradecimiento a Dios por habernos provisto de esta gran maestra!

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