LA BORRASCA

4 noviembre, 2019 6:57 am

Hace tres días que no escampa.

     A veces Heriberto y Rosa María se despiertan y después se vuelven a dormir porque con esta agua no se puede hacer otra cosa que dormir y dormir, los vidrios de la ventana están empañados y el agua corre por ellos en unos goterones gruesos y opacos que parecen lágrimas.

     Dicen que hay un ciclón, pero otros creen que esta agua es por una brujería que hicieron Las Pepas para vengarse del hijo de Heriberto y Rosa María, porque según ellas, el niño le había tirado piedras al tejado de su casa, que es de vidrio. Las Pepas son dos hermanas brujas que viven en la Calle de Los tanques, por detrás del solar de la Madrina, trabajan con magia negra, dan siempre la mano izquierda, y dicen que esconden en su casa a una mujer vampiro llamada Lizandra.

     Todo empezó con un remolino de polvo que se formó así sin más ni más en la puerta del cementerio y de pronto empezó a llover y a llover, y después el viento se entretuvo jugando a partir en dos las cruces de los sepulcros.

_ Oye, Rosa.

_ ¿Qué pasa?

_ Dicen que el ciclón se llevó el cementerio y que los huesos de los

muertos están desparramados por todas las calles, que algunas calaveras han quedado enganchadas en los barandales del puente y en las cercas de los potreros… mucha gente ha ido a ver.

_ Si quieres ve tú, yo tengo mucho sueño.

     Heriberto se puso los pantalones, la camisa y el sombrero y salió al patio.

     El caballo estaba chorreando agua, por lo que no quiso ponerle la montura, de un salto subió a la bestia y se encaminó al cementerio. Los solares estaban anegados y las calles de piedra ahora eran de agua.

     Cada patio, cada jardín, cada sembradío, era ahora una laguna, pero lo más asombroso es que la crecida se había llevado el cementerio y por todas partes corría aquella agua oscura y chocolate como deben ser los pecados. Y encima y flotando sobre todos los pantanos aquel montón de huesos blancos que parecían verduras en medio de una sopa: cráneos, parietales, mandíbulas, clavículas, costillas, rótulas, fémures, tibias, pelvis, tarsos y metatarsos…

     La tierra del cementerio parecía volteada con una pala y donde antes había tumbas ahora sólo se veían surcos y el agua corriendo en arroyos por el centro.

     Sin embargo el Mausoleo del General había resistido la hecatombe, era una construcción en forma de pirámide, casi tan grande como una casa pequeña y espléndida como un castillo en miniatura. La habían fabricado con mármol negro de Carrara y tenía una cúpula igualmente impresionante sobre la que se había posado un halcón peregrino.

     Pero lo que dejó perplejo a Heriberto fue que en una de sus paredes había una grieta amplia y profundísima a través de la cual se dejaba ver una luz.

     En el campo santo no quedaba ningún otro sepulcro en pie y los curiosos ya hacía rato que se habían marchado, entonces Heriberto sintió una gran curiosidad y se asomó por la grieta.

     Lo que vio lo dejó pasmado, el interior del mausoleo era amplio como la sala de un castillo, frente a él había una gran mesa de sándalo, la cual estaba llena de manjares y vinos exóticos. Ante la mesa estaba sentado el emperador Carlomagno y a cada uno de sus lados parpadeaban velas colosales. Frente a Carlomagno y de espaldas a la grieta creyó reconocer la figura de su propia esposa, su pelo amarillísimo brillaba bajo la seda que lo cubría y sus hombros admirables se marcaban a través de un traje suntuoso.

     Heriberto pegó su cara a la grieta y gritó con todas sus fuerzas:

_ Rosa María… pero no se escuchó ningún sonido, porque su voz no tenía voz.

     Volvió a gritar todavía más fuerte y tampoco se escuchó nada, como si se hubiese quedado mudo y sordo a la vez.

     Desesperado miró a su alrededor buscando algo que pudiera introducir por la grieta de la sepultura; encontró una lata vacía flotando en un pantano, la llenó con aquella agua sucia y la zampó por la rendija.

Vio claramente como el agua que había lanzado impactaba contra la espalda de su mujer.

    Ella pronunció un grito y de súbito las velas se apagaron y desapareció por arte de magia la mesa, el emperador y todo lo demás, excepto el Mausoleo con su grieta, que ahora estaba oscura y sin luz. De un salto volvió a montarse en el caballo y emprendió el regreso a galope tendido.

     Y la gente se asomaba a las ventanas para ver cuál era el caballo que se había desbocado y pasaba volando sobre los pantanos.

     Cuando llegó a su casa todo parecía muy tranquilo, tal y como lo había dejado. Algunas palomas empapadas sobre el techo, el jardín anegado, y su mujer infinitamente hermosa dormida boca abajo sobre la cama.

     Heriberto se inclinó sobre ella, la besó en la cabeza, y Rosa se despertó y le dijo:

_ ¿Sabes lo que he soñado? _ Que estaba en la sala de un gran castillo y que tomaba vinos exquisitos con el emperador Carlomagno, que yo estaba muy feliz y que llevaba un rico vestido bordado con dibujos de pájaros y flores… de pronto alguien me tiró un vaso de agua sucia sobre la espalda y desperté.

     Entonces ella se sentó en la cama y al instante un poco de agua pringosa y fría bajó por su blanca espalda desde la base del cuello, y corrió sin detenerse hasta sus glúteos.

Eric Conde. Reside en Pérez Zeledón desde 1996. Su obra se ha publicado en Costa Rica, Cuba, México, Colombia, España y los Estados Unidos de América. Es el autor del país que cuenta con el mayor número de Premios y Reconocimientos internacionales en los géneros de narrativa para niños y jóvenes. Este cuento pertenece a la novela corta juvenil Si nos dejan nos vamos a querer toda la muerte y el libro completo se puede descargar de forma gratuita en este link https://freeditorial.com/es/books/si-nos-dejan-nos-vamos-a-querer-toda-la-muerte

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