Pastora Grethel Quesada Quesada Grethel Quesadaq@hotmail.com

Es impresionante ver que, en la actualidad, existen mil y un medios inventados específicamente para comunicarse mejor; irónicamente, los problemas de comunicación no han disminuido, al contrario, se incrementan cada vez más.

Entonces, ¿Dónde estará el problema?

En ocasiones está en el medio que usamos para comunicarnos (canal que se usa para emitir el mensaje), otras veces está en el emisor (el que habla) pues no sabe o no quiere expresar el mensaje como debe ser; ocasionalmente está en el receptor (el que escucha) que no comprende, no escucha, confunde o distorsiona el mensaje recibido.

Hay muchos factores externos e internos que influyen en la mala comunicación humana. Algunas de estas son: las emociones a flor de piel, los temores, la impaciencia, la ira, las inseguridades, la indisposición, problemas antiguos no resueltos que salen a relucir en las conversaciones, falta o exceso de confianza, actitud a la defensiva, malas intenciones, falta de interés al escuchar y pocos momentos destinados para conversar.

Cuando en el trabajo o en la familia tenemos problemas de comunicación, suelen suscitarse varios errores:

  • Se generaliza: suele utilizarse las palabras “siempre” o “nunca” indiscriminadamente, de manera subjetiva e irreal con el único propósito de criticar destructivamente.
  • No saber escuchar: Para comunicarse es necesario escuchar correctamente; es decir, comprender el mensaje, entender al emisor con fines positivos y altruistas, no solo para maquinar una “mejor” respuesta como si se tratara de una competencia o entrar en contienda. Quien no sabe escuchar se evidencia como un ser egoísta y sufre de una gran inseguridad ya que desestima las palabras y opiniones de los demás y tratan por todos los medios de se ser el centro de atención.
  • Sacar “trapos sucios”: en una mala comunicación, los “trapos sucios” abundan. Esto detiene cualquier intento de comunicarse positivamente, por lo general termina en discusiones ya que una o ambas partes empiezan a hacer reclamos del pasado y se desarrollan más heridas. Solo el perdón genuino y comenzar de cero la relación puede destruir esta barrera comunicativa.
  • Prejuicios: Cuando tenemos una respuesta en nuestra mente antes de que la otra persona termine de hablar, emitimos juicios basados en lo que creemos de la otra persona, no en lo que está diciendo. Por lo general, esto termina en malos entendidos y pleitos seguros.
  • Etiquetar las fuentes: Si ves que alguien quiere hablar contigo, pero en tu mente ya tienes a esa persona marcada con una etiqueta, juzgarás sus palabras por lo que piensas de él o ella y no por lo que está diciéndote. Las etiquetas tergiversan la comunicación radicalmente.
  • Escoger un mal lugar o momento: todo tiene un tiempo y lugar para conversarlo, no es sabio decir cosas personales o de difícil manejo en medio de muchas personas, en el trabajo, en una medio de transporte público, etc, hay que escoger el lugar y la oportunidad convenientes.
  • Hablar en negativo: Cuando de antemano decimos “NO” antes de comenzar la oración, ya estamos predisponiendo a nuestro oyente. Hablar en positivo estimula la buena comunicación.
  •  Hablar solo del “yo”: No hay nada más aburrido que platicar con alguien que solo habla de sí mismo. Además, quién así conversa, demuestra poco o ningún interés en los demás y un narcisismo enfermizo.

Cuando queremos comunicarnos, debemos hacerlo con una actitud correcta, conciliadora y positiva, sin prejuicios o indisposición preconcebida. La Biblia dice en Cantares 2:15 “Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas…” Ese pasaje refiere a que una palabra dicha con una intención negativa puede hacer mucho mal y rompería fácilmente relaciones hermosas y de años.

Proverbios 21:23 dice también: “El que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustia”. Tenemos un arma poderosa y debemos usarla con prudencia. Si esgrimimos nuestras palabras para el bien, podrían ser muy constructivas, alentadoras y hasta de consuelo para otros, pero si las usamos para el mal, podríamos destruir hasta a la familia más unida.

 La comunicación es una maravillosa herramienta, empleémosla adecuadamente y disfrutemos del privilegio que expone el autor cuando dice:  “El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua del mal y sus labios no hablen engaño”. 1 Pedro 3:10.

Pequeñas zorras que destruyen grandes viñedos…

12 mayo, 2019 10:28 pm
Pastora Grethel Quesada Quesada Grethel Quesadaq@hotmail.com

Es impresionante ver que, en la actualidad, existen mil y un medios inventados específicamente para comunicarse mejor; irónicamente, los problemas de comunicación no han disminuido, al contrario, se incrementan cada vez más.

Entonces, ¿Dónde estará el problema?

En ocasiones está en el medio que usamos para comunicarnos (canal que se usa para emitir el mensaje), otras veces está en el emisor (el que habla) pues no sabe o no quiere expresar el mensaje como debe ser; ocasionalmente está en el receptor (el que escucha) que no comprende, no escucha, confunde o distorsiona el mensaje recibido.

Hay muchos factores externos e internos que influyen en la mala comunicación humana. Algunas de estas son: las emociones a flor de piel, los temores, la impaciencia, la ira, las inseguridades, la indisposición, problemas antiguos no resueltos que salen a relucir en las conversaciones, falta o exceso de confianza, actitud a la defensiva, malas intenciones, falta de interés al escuchar y pocos momentos destinados para conversar.

Cuando en el trabajo o en la familia tenemos problemas de comunicación, suelen suscitarse varios errores:

  • Se generaliza: suele utilizarse las palabras “siempre” o “nunca” indiscriminadamente, de manera subjetiva e irreal con el único propósito de criticar destructivamente.
  • No saber escuchar: Para comunicarse es necesario escuchar correctamente; es decir, comprender el mensaje, entender al emisor con fines positivos y altruistas, no solo para maquinar una “mejor” respuesta como si se tratara de una competencia o entrar en contienda. Quien no sabe escuchar se evidencia como un ser egoísta y sufre de una gran inseguridad ya que desestima las palabras y opiniones de los demás y tratan por todos los medios de se ser el centro de atención.
  • Sacar “trapos sucios”: en una mala comunicación, los “trapos sucios” abundan. Esto detiene cualquier intento de comunicarse positivamente, por lo general termina en discusiones ya que una o ambas partes empiezan a hacer reclamos del pasado y se desarrollan más heridas. Solo el perdón genuino y comenzar de cero la relación puede destruir esta barrera comunicativa.
  • Prejuicios: Cuando tenemos una respuesta en nuestra mente antes de que la otra persona termine de hablar, emitimos juicios basados en lo que creemos de la otra persona, no en lo que está diciendo. Por lo general, esto termina en malos entendidos y pleitos seguros.
  • Etiquetar las fuentes: Si ves que alguien quiere hablar contigo, pero en tu mente ya tienes a esa persona marcada con una etiqueta, juzgarás sus palabras por lo que piensas de él o ella y no por lo que está diciéndote. Las etiquetas tergiversan la comunicación radicalmente.
  • Escoger un mal lugar o momento: todo tiene un tiempo y lugar para conversarlo, no es sabio decir cosas personales o de difícil manejo en medio de muchas personas, en el trabajo, en una medio de transporte público, etc, hay que escoger el lugar y la oportunidad convenientes.
  • Hablar en negativo: Cuando de antemano decimos “NO” antes de comenzar la oración, ya estamos predisponiendo a nuestro oyente. Hablar en positivo estimula la buena comunicación.
  •  Hablar solo del “yo”: No hay nada más aburrido que platicar con alguien que solo habla de sí mismo. Además, quién así conversa, demuestra poco o ningún interés en los demás y un narcisismo enfermizo.

Cuando queremos comunicarnos, debemos hacerlo con una actitud correcta, conciliadora y positiva, sin prejuicios o indisposición preconcebida. La Biblia dice en Cantares 2:15 “Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas…” Ese pasaje refiere a que una palabra dicha con una intención negativa puede hacer mucho mal y rompería fácilmente relaciones hermosas y de años.

Proverbios 21:23 dice también: “El que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustia”. Tenemos un arma poderosa y debemos usarla con prudencia. Si esgrimimos nuestras palabras para el bien, podrían ser muy constructivas, alentadoras y hasta de consuelo para otros, pero si las usamos para el mal, podríamos destruir hasta a la familia más unida.

 La comunicación es una maravillosa herramienta, empleémosla adecuadamente y disfrutemos del privilegio que expone el autor cuando dice:  “El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua del mal y sus labios no hablen engaño”. 1 Pedro 3:10.