Melissa Rojas Castillo

Es una tarde lluviosa, una densa neblina y un cielo gris acompañan la llovizna suave e insistente que humedece su pelaje; a ella le parece que todo está en blanco y negro, como esos periódicos que llegaban algunas veces a su pueblo… como ese periódico infame que hace tantos años trajo con él la noticia de su desgracia.

Fue una tarde de domingo, recuerda ella, su abuela había comprado el periódico por la mañana y lo dejó en la mesa vieja de la cocina, olvidado, descuidado; sin prestarle mayor importancia. Lucía tenía ojos curiosos y grandes, que querían aprender de las plantas, de los insectos, de los animales, de todo; por eso las noticias que contenía aquel pedazo sucio de papel le parecían increíblemente emocionantes.  Devoró desesperadamente las letras de aquel trozo de papel, hasta que la sección de “Acontecimientos Sociales” la rompió por dentro al leer un titular que decía “El conocido comerciante Gonzales, contraerá matrimonio con señorita de buen proceder” acompañado de una fotografía de los futuros esposos.

A partir de ese momento Lucía no quiso vivir más, a pesar de que había sufrido tanto durante los últimos meses de silencios, distancias, y ausencias como huecos dentro del corazón, ningún dolor anterior le permitió anticipar éste orificio oscuro y sin final, esta noticia, su perdición. En este momento decidió volver a hacerlo… Adoptó su estado de gata, una gata negra y triste como su alma.

La llovizna siempre le recuerda ese dolor. En el pueblo suelen verle caminando en soledad y maullando de manera desgarradora… con su rostro negro y peludo expuesto a la lluvia, como si mereciera el castigo de mil agujas de frío en el rostro, como si pagara alguna culpa.

Lucía sale de sus recuerdos y se acurruca bajo una mesa del turno de la Iglesia, donde seguro comerá bien, pues una niña de ojos grandes  la mira con cariño, mientras desenvuelve lentamente su pequeño tamal.

¡Abuelita, cuéntame otra vez la historia de la gata Lucía!

Los ojos de la abuela se llenan de bosques, de luciérnagas y búhos, siempre quiso contarle a Lucía su versión de la historia.

-Ummm Lucía, Lucía (suspira) Desde niña era hermosa, una criatura con una luz enorme, recuerdo verla y pensar que dentro de ella vivía la magia de todas nuestras abuelas, estaba llena de inteligencia y sensibilidad; comprendía muy bien el clima y las plantas; sabía curar con ellas desde muy pequeña; pero las personas no están listas para amar y comprender a una bruja.  Ella no sabía que lo era, por eso lo vivía con tanta naturalidad, ya sabes, cuando no le ponemos nombres a las cosas, tampoco les ponemos instrucciones ni límites.

Yo siempre la observaba, me asombraba como las aves y las luciérnagas la seguían a todas partes, los búhos se posaban en sus manos y ella escuchaba atenta sus mensajes, comprendía lo que le contaban.

Cuando ibas a su casa, veías con asombro que estaba poblada de plantas por todas partes, todas crecían con un vigor envidiable, algunas de éstas las usaba para curar el cuerpo, otras para curar el corazón, alguna vez pensé que eran como una extensión de su profundo interior. ¡Siempre me han gustado las personas que cuidan de las plantas, esas que les hablan y les cantan!

– ¡Abuelita, como tú! Siempre te escucho hablando con las plantas y las aves.

-Sí hija, somos como una orden casi secreta de brujas y brujos, nos reconocemos entre nosotros y nos simpatizamos naturalmente.

Pero Lucía era especial, bella y profunda, con los años se convertía en una mujer exquisita y sin embargo aislada. Las personas le temían e inventaban historias sobre Lucía la loca, Lucía la bruja, Lucía la extraña, la que tiene el demonio adentro.

¡Pobre niña! La primera vez que ella escuchó esto, lloró por tres semanas en su habitación, lloró tanto que sin saber cómo, se convirtió en gata. Sí hija, así fue como pasó la primera vez, luego ella fue aprendiendo cómo hacerlo hasta dominarlo a la perfección. Cada vez que algo le dolía o le asustaba, Lucía se convertía en gata y así escapaba de las sensaciones desagradables, luego le bastaba con pensar en cosas que le alegraban para volver a su estado natural.

Al muchacho lo conoció una mañana mientras cosechaba algunas hierbas con las que pretendía curar a su abuela de un ataque de nostalgia, su abuela era bruja también, pero no podía escapar por sí misma de sus tristezas, de los recuerdos que la atrapaban. Esa mañana lo vio venir a lo lejos, con su sombrerito blanco y montando un hermoso caballo azabache; al verla quedó atrapado en su enigmática belleza, nunca había visto una mujer así, su calma le inquietó.

 Se acercó a ella para entablar conversación, pero se perdió en sus ojos negros, profundos como lagos encantados sin poder pronunciar una sola palabra. Desde ese día empezó entre ellos una amistad que con los meses, a la vista de todos, se convertía en algo más.

-¿Cómo algo más abuela?

Bajo la mesa, Lucía se incorporaba, levantando sus orejas y abriendo bien sus lindos ojos negros.

-Bueno hija, ya ves que a veces los adultos se enamoran, así sin enterarse, solo pasa y de repente se ven soñando un futuro juntos.

-Ah, ¡como vos y el abuelo!

-Sí pequeña, como nosotros. Pero lamentablemente para Lucía, esos sueños no podían realizarse. Ya te dije niña, que Lucía era una chica diferente, que era una niña de luz, que las personas no están listas para comprender a las magas, y la familia del señor Gonzales, como era de suponerse, no estuvo feliz con esos planes que tenían los muchachos, y le prohibieron al chico visitarla.

-Abu… y, él ¿De verdad nunca más la visitó?

-Mi pequeña niña, yo no lo culpo ni lo juzgo, el chico no tuvo el valor de enfrentar a su familia, me parece que él tampoco estaba listo para una bruja, que él también sintió temor ante aquella fuerza que la niña contenía, pero, lo que Lucía nunca supo, es que él tampoco pudo olvidarla. Se sabe que murió hace un par de años, dominado por una de esas enfermedades que te roban los recuerdos, todos, menos el de ella. En sus últimos días olvidaba el nombre de sus muchos hijos e hijas, o cosas tan sencillas y cotidianas como si ya había tomado una ducha, si almorzó, o dónde estaba su habitación. En cambio, la recordaba con detalles a ella, sus pequeñas manos, su cuello/cueva donde deseaba esconderse de su pena, y los lagos profundos de sus ojos. 

 Yo le vi algunas veces en el corredor de su casa sentado en una mecedora vieja de madera, con la esperanza de verla entrar por ese portón herrumbrado y ruidoso para curarle las tristezas con sus suaves manos. Era tan fuerte su anhelo, que una vez confundió la silueta de una extraña con la de Lucía, y corrió desesperadamente hacia ella, con los ojos llenos de lágrimas y de perdones la boca, ¡Pobre hombre! Su dolor fue tan grande al comprobar que no era su querida Lucía, que se hundió en una esquina a llorar como un niño, con sus arrugadas manos tapándole el rostro.

La pequeña le miraba atentamente a su abuela mientras pensaba que ella también era una bruja, como Lucía, y por eso sabía que lo mejor que se puede hacer por una, es contarle lo maravillosa y brillante que es, que las magas se construyen entre ellas, y así se salvan.

La abuela se levantó junto a la niña y caminaron de la mano, hasta que Lucía les vio perderse en el horizonte.

Sobre la autora: Melissa Rojas Castillo es profesional en turismo ecológico y en desarrollo local, creció en Pérez Zeledón, pero actualmente reside en Bolivia. Desde muy pequeña le gustaba escribir sobre realidades que veía y no podía comprender. Hoy, escribe para divertirse y hacer travesuras a las historias que le han contado durante su vida, también escribió “Senderos Campesinos: Historias de San Gerardo de Rivas” que es una recopilación de relatos de vida de los pioneros de éste pueblo. Su familia es oriunda del pueblo de Rivas, y por eso algunas de sus historias tienen origen en este lugar.

La gata Lucía

7 julio, 2019 7:27 pm


Melissa Rojas Castillo

Es una tarde lluviosa, una densa neblina y un cielo gris acompañan la llovizna suave e insistente que humedece su pelaje; a ella le parece que todo está en blanco y negro, como esos periódicos que llegaban algunas veces a su pueblo… como ese periódico infame que hace tantos años trajo con él la noticia de su desgracia.

Fue una tarde de domingo, recuerda ella, su abuela había comprado el periódico por la mañana y lo dejó en la mesa vieja de la cocina, olvidado, descuidado; sin prestarle mayor importancia. Lucía tenía ojos curiosos y grandes, que querían aprender de las plantas, de los insectos, de los animales, de todo; por eso las noticias que contenía aquel pedazo sucio de papel le parecían increíblemente emocionantes.  Devoró desesperadamente las letras de aquel trozo de papel, hasta que la sección de “Acontecimientos Sociales” la rompió por dentro al leer un titular que decía “El conocido comerciante Gonzales, contraerá matrimonio con señorita de buen proceder” acompañado de una fotografía de los futuros esposos.

A partir de ese momento Lucía no quiso vivir más, a pesar de que había sufrido tanto durante los últimos meses de silencios, distancias, y ausencias como huecos dentro del corazón, ningún dolor anterior le permitió anticipar éste orificio oscuro y sin final, esta noticia, su perdición. En este momento decidió volver a hacerlo… Adoptó su estado de gata, una gata negra y triste como su alma.

La llovizna siempre le recuerda ese dolor. En el pueblo suelen verle caminando en soledad y maullando de manera desgarradora… con su rostro negro y peludo expuesto a la lluvia, como si mereciera el castigo de mil agujas de frío en el rostro, como si pagara alguna culpa.

Lucía sale de sus recuerdos y se acurruca bajo una mesa del turno de la Iglesia, donde seguro comerá bien, pues una niña de ojos grandes  la mira con cariño, mientras desenvuelve lentamente su pequeño tamal.

¡Abuelita, cuéntame otra vez la historia de la gata Lucía!

Los ojos de la abuela se llenan de bosques, de luciérnagas y búhos, siempre quiso contarle a Lucía su versión de la historia.

-Ummm Lucía, Lucía (suspira) Desde niña era hermosa, una criatura con una luz enorme, recuerdo verla y pensar que dentro de ella vivía la magia de todas nuestras abuelas, estaba llena de inteligencia y sensibilidad; comprendía muy bien el clima y las plantas; sabía curar con ellas desde muy pequeña; pero las personas no están listas para amar y comprender a una bruja.  Ella no sabía que lo era, por eso lo vivía con tanta naturalidad, ya sabes, cuando no le ponemos nombres a las cosas, tampoco les ponemos instrucciones ni límites.

Yo siempre la observaba, me asombraba como las aves y las luciérnagas la seguían a todas partes, los búhos se posaban en sus manos y ella escuchaba atenta sus mensajes, comprendía lo que le contaban.

Cuando ibas a su casa, veías con asombro que estaba poblada de plantas por todas partes, todas crecían con un vigor envidiable, algunas de éstas las usaba para curar el cuerpo, otras para curar el corazón, alguna vez pensé que eran como una extensión de su profundo interior. ¡Siempre me han gustado las personas que cuidan de las plantas, esas que les hablan y les cantan!

– ¡Abuelita, como tú! Siempre te escucho hablando con las plantas y las aves.

-Sí hija, somos como una orden casi secreta de brujas y brujos, nos reconocemos entre nosotros y nos simpatizamos naturalmente.

Pero Lucía era especial, bella y profunda, con los años se convertía en una mujer exquisita y sin embargo aislada. Las personas le temían e inventaban historias sobre Lucía la loca, Lucía la bruja, Lucía la extraña, la que tiene el demonio adentro.

¡Pobre niña! La primera vez que ella escuchó esto, lloró por tres semanas en su habitación, lloró tanto que sin saber cómo, se convirtió en gata. Sí hija, así fue como pasó la primera vez, luego ella fue aprendiendo cómo hacerlo hasta dominarlo a la perfección. Cada vez que algo le dolía o le asustaba, Lucía se convertía en gata y así escapaba de las sensaciones desagradables, luego le bastaba con pensar en cosas que le alegraban para volver a su estado natural.

Al muchacho lo conoció una mañana mientras cosechaba algunas hierbas con las que pretendía curar a su abuela de un ataque de nostalgia, su abuela era bruja también, pero no podía escapar por sí misma de sus tristezas, de los recuerdos que la atrapaban. Esa mañana lo vio venir a lo lejos, con su sombrerito blanco y montando un hermoso caballo azabache; al verla quedó atrapado en su enigmática belleza, nunca había visto una mujer así, su calma le inquietó.

 Se acercó a ella para entablar conversación, pero se perdió en sus ojos negros, profundos como lagos encantados sin poder pronunciar una sola palabra. Desde ese día empezó entre ellos una amistad que con los meses, a la vista de todos, se convertía en algo más.

-¿Cómo algo más abuela?

Bajo la mesa, Lucía se incorporaba, levantando sus orejas y abriendo bien sus lindos ojos negros.

-Bueno hija, ya ves que a veces los adultos se enamoran, así sin enterarse, solo pasa y de repente se ven soñando un futuro juntos.

-Ah, ¡como vos y el abuelo!

-Sí pequeña, como nosotros. Pero lamentablemente para Lucía, esos sueños no podían realizarse. Ya te dije niña, que Lucía era una chica diferente, que era una niña de luz, que las personas no están listas para comprender a las magas, y la familia del señor Gonzales, como era de suponerse, no estuvo feliz con esos planes que tenían los muchachos, y le prohibieron al chico visitarla.

-Abu… y, él ¿De verdad nunca más la visitó?

-Mi pequeña niña, yo no lo culpo ni lo juzgo, el chico no tuvo el valor de enfrentar a su familia, me parece que él tampoco estaba listo para una bruja, que él también sintió temor ante aquella fuerza que la niña contenía, pero, lo que Lucía nunca supo, es que él tampoco pudo olvidarla. Se sabe que murió hace un par de años, dominado por una de esas enfermedades que te roban los recuerdos, todos, menos el de ella. En sus últimos días olvidaba el nombre de sus muchos hijos e hijas, o cosas tan sencillas y cotidianas como si ya había tomado una ducha, si almorzó, o dónde estaba su habitación. En cambio, la recordaba con detalles a ella, sus pequeñas manos, su cuello/cueva donde deseaba esconderse de su pena, y los lagos profundos de sus ojos. 

 Yo le vi algunas veces en el corredor de su casa sentado en una mecedora vieja de madera, con la esperanza de verla entrar por ese portón herrumbrado y ruidoso para curarle las tristezas con sus suaves manos. Era tan fuerte su anhelo, que una vez confundió la silueta de una extraña con la de Lucía, y corrió desesperadamente hacia ella, con los ojos llenos de lágrimas y de perdones la boca, ¡Pobre hombre! Su dolor fue tan grande al comprobar que no era su querida Lucía, que se hundió en una esquina a llorar como un niño, con sus arrugadas manos tapándole el rostro.

La pequeña le miraba atentamente a su abuela mientras pensaba que ella también era una bruja, como Lucía, y por eso sabía que lo mejor que se puede hacer por una, es contarle lo maravillosa y brillante que es, que las magas se construyen entre ellas, y así se salvan.

La abuela se levantó junto a la niña y caminaron de la mano, hasta que Lucía les vio perderse en el horizonte.

Sobre la autora: Melissa Rojas Castillo es profesional en turismo ecológico y en desarrollo local, creció en Pérez Zeledón, pero actualmente reside en Bolivia. Desde muy pequeña le gustaba escribir sobre realidades que veía y no podía comprender. Hoy, escribe para divertirse y hacer travesuras a las historias que le han contado durante su vida, también escribió “Senderos Campesinos: Historias de San Gerardo de Rivas” que es una recopilación de relatos de vida de los pioneros de éste pueblo. Su familia es oriunda del pueblo de Rivas, y por eso algunas de sus historias tienen origen en este lugar.