Jack Ewing

“Baruuum”, retumbaba la gamba hueca del Chilamate con cada golpe de un grueso palo. Carmelita no estaba segura de qué sonaba más fuerte, el “baruuum” que provocaba el golpe de madera contra madera o los latidos de su corazón. De nuevo golpeó la gran gamba hueca. “Baruuum”

“Carmela, querida”, era la voz de su padre que penetraba en la oscuridad antes de que su silueta se pudiera ver. “¿Qué pasa? ¿Qué es todo este ruido?”

“Ay papi” exclamó “¡Qué dicha que vino! Es el tigre que viene a comerse los chanchos y seguro a mí también. A mí me tocaba cuidarlos. Intenté asustarlo pero para nada, se está acercando más.”

El viejo Morales agarró el palo y le dió a la raíz. “Baruuum … baruuum … baruuum”. Se detuvo a escuchar. Nada. “Baruuum … baruuum … baruuum”. Otra pausa. Levantó de nuevo el pedazo de tronco pero antes de que pudiera tirar otro golpe, el gruñido del jaguar sonó desde la montaña, a través de la profunda oscuridad de la noche, cerca … muy cerca. “Vaya gato del demonio.” Gritó. “No moleste a los chanchos.”

Carmela vio las antorchas. “¡Papi, ahí vienen todos vea!” Su tío venía al frente, lo seguían un primo, y su tía. Todos traían palos cortos, cada uno con la punta enrollada con una pelota de chonta deshilachada y untada de grasa. Rodearon el grupo de 19 chanchos mientras le gritaban al tigre. El papá golpeó el Chilamate. “Baruuum … baruuum”. Pasó un rato y el pequeño grupo siguió su vigilia. Finalmente, un poderoso rugido se escuchó, esta vez alejado. “No saben con quién se meten,” parecía advertir el tigre. El papá de Carmelita acarició su cabeza. “Has hecho un buen trabajo mi amor. Vaya para que duerma un rato.”

Carmela Morales, de nueve años viajaba con su papá, dos tíos, una tía y tres primos. Iban arreando 19 cerdos desde su casa en Boruca hasta el mercado de San Marcos de Tarrazú. El incidente descrito tuvo lugar en el año 1909 en Barú, donde dos ríos se juntan. Ésta no fue la única ocasión que el jaguar atormentaba el campamento. De hecho, antes de terminar su viaje, el tigre pudo llevarse, uno por uno, 8 de los 19 cerdos, incluyendo los únicos dos que pertenecían a la familia de Carmela.

El tamaño de Carmelita desmentía su fuerza. Salió de Boruca con medio quintal de maíz al hombro, para alimentar los cerdos de su familia durante el viaje. Cada día, a como el grano era consumido, poco a poco su carga se alivianaba. A veces el barro era tan profundo y su carga tan pesada, que se hundía hasta medio muslo, más ella nunca dejó caer el maíz y nunca se quejó. Desde Barú caminaron cuesta arriba y montaña adentro hasta llegar al Valle del General, desde ahí por el Cerro de la Muerte. Cuando iban por División uno de los tíos de Carmela fue mordido por una serpiente venenosa llamada “lora” y murió a los dos días. Tres semanas después de haber comenzado tan angustiante trayecto, el agotado y enlodado grupo de indios Boruca llegó al concurrido mercado de San Marcos de Tarrazú, con 11 cerdos.

Lo único que le quedó a Carmelita fueron 12 kilos de maíz, y eso porque había perdido los dos chanchos que se lo habrían comido. Carmela recibió 5 céntimos por el maíz, su papá la dejó gastarlo todo. “Usted cargó el maíz, la plata es suya.” San Marcos era un lugar fascinante, con muchas cosas para ver y comprar. Finalmente, decidió gastarlo en dos kilos de sal y unos confites para su mamá y en un hermoso collar de piedras para ella misma. El grupo de Boruca se fue de San Marcos tres días después con toda la mercancía que pudieron cargar. Regatearon con los cerdos hasta donde se pudo y finalmente recibieron ¢1,25 colones por cada uno. Sal, machetes y otras herramientas de metal eran sus compras principales.

Carmela Morales llegó a casa 47 días después de que salió de Boruca al inicio de aquella gran aventura. Ella falleció en Boruca 84 años después en el año 1993, y ninguno de sus amigos o familiares recuerda que se haya quejado de nada durante todos los 93 años de vida.

(Nota del autor: La mayor parte de esta historia me fue contada por Marina y Margarita Morales, nietas de Carmela Morales Morales. Los hechos básicos son exactos, y las personas son reales, pero algunos detalles, tales como pensamientos y conversación, están incluidos para que la historia sea más entendible, son producto de mi imaginación.)

EL TIGRE Y LOS CERDOS

12 abril, 2021 10:03 am

Jack Ewing

“Baruuum”, retumbaba la gamba hueca del Chilamate con cada golpe de un grueso palo. Carmelita no estaba segura de qué sonaba más fuerte, el “baruuum” que provocaba el golpe de madera contra madera o los latidos de su corazón. De nuevo golpeó la gran gamba hueca. “Baruuum”

“Carmela, querida”, era la voz de su padre que penetraba en la oscuridad antes de que su silueta se pudiera ver. “¿Qué pasa? ¿Qué es todo este ruido?”

“Ay papi” exclamó “¡Qué dicha que vino! Es el tigre que viene a comerse los chanchos y seguro a mí también. A mí me tocaba cuidarlos. Intenté asustarlo pero para nada, se está acercando más.”

El viejo Morales agarró el palo y le dió a la raíz. “Baruuum … baruuum … baruuum”. Se detuvo a escuchar. Nada. “Baruuum … baruuum … baruuum”. Otra pausa. Levantó de nuevo el pedazo de tronco pero antes de que pudiera tirar otro golpe, el gruñido del jaguar sonó desde la montaña, a través de la profunda oscuridad de la noche, cerca … muy cerca. “Vaya gato del demonio.” Gritó. “No moleste a los chanchos.”

Carmela vio las antorchas. “¡Papi, ahí vienen todos vea!” Su tío venía al frente, lo seguían un primo, y su tía. Todos traían palos cortos, cada uno con la punta enrollada con una pelota de chonta deshilachada y untada de grasa. Rodearon el grupo de 19 chanchos mientras le gritaban al tigre. El papá golpeó el Chilamate. “Baruuum … baruuum”. Pasó un rato y el pequeño grupo siguió su vigilia. Finalmente, un poderoso rugido se escuchó, esta vez alejado. “No saben con quién se meten,” parecía advertir el tigre. El papá de Carmelita acarició su cabeza. “Has hecho un buen trabajo mi amor. Vaya para que duerma un rato.”

Carmela Morales, de nueve años viajaba con su papá, dos tíos, una tía y tres primos. Iban arreando 19 cerdos desde su casa en Boruca hasta el mercado de San Marcos de Tarrazú. El incidente descrito tuvo lugar en el año 1909 en Barú, donde dos ríos se juntan. Ésta no fue la única ocasión que el jaguar atormentaba el campamento. De hecho, antes de terminar su viaje, el tigre pudo llevarse, uno por uno, 8 de los 19 cerdos, incluyendo los únicos dos que pertenecían a la familia de Carmela.

El tamaño de Carmelita desmentía su fuerza. Salió de Boruca con medio quintal de maíz al hombro, para alimentar los cerdos de su familia durante el viaje. Cada día, a como el grano era consumido, poco a poco su carga se alivianaba. A veces el barro era tan profundo y su carga tan pesada, que se hundía hasta medio muslo, más ella nunca dejó caer el maíz y nunca se quejó. Desde Barú caminaron cuesta arriba y montaña adentro hasta llegar al Valle del General, desde ahí por el Cerro de la Muerte. Cuando iban por División uno de los tíos de Carmela fue mordido por una serpiente venenosa llamada “lora” y murió a los dos días. Tres semanas después de haber comenzado tan angustiante trayecto, el agotado y enlodado grupo de indios Boruca llegó al concurrido mercado de San Marcos de Tarrazú, con 11 cerdos.

Lo único que le quedó a Carmelita fueron 12 kilos de maíz, y eso porque había perdido los dos chanchos que se lo habrían comido. Carmela recibió 5 céntimos por el maíz, su papá la dejó gastarlo todo. “Usted cargó el maíz, la plata es suya.” San Marcos era un lugar fascinante, con muchas cosas para ver y comprar. Finalmente, decidió gastarlo en dos kilos de sal y unos confites para su mamá y en un hermoso collar de piedras para ella misma. El grupo de Boruca se fue de San Marcos tres días después con toda la mercancía que pudieron cargar. Regatearon con los cerdos hasta donde se pudo y finalmente recibieron ¢1,25 colones por cada uno. Sal, machetes y otras herramientas de metal eran sus compras principales.

Carmela Morales llegó a casa 47 días después de que salió de Boruca al inicio de aquella gran aventura. Ella falleció en Boruca 84 años después en el año 1993, y ninguno de sus amigos o familiares recuerda que se haya quejado de nada durante todos los 93 años de vida.

(Nota del autor: La mayor parte de esta historia me fue contada por Marina y Margarita Morales, nietas de Carmela Morales Morales. Los hechos básicos son exactos, y las personas son reales, pero algunos detalles, tales como pensamientos y conversación, están incluidos para que la historia sea más entendible, son producto de mi imaginación.)