Juan Diego Jara Arias

El día sábado Mariela se vistió con su mejor mudada, se pintó los labios de rojo y cuando acabó de peinarse se puso su inseparable vincha negra –Nos vamos ya –le dijo una voz seca.

Hubo una leve garúa después del mediodía, luego el aire se tornó húmedo. En el estrecho camino, rodeado de racimos verdes de plátano, café y árboles de targuá, iba Mariela en ancas del caballo, junto a su padre. La bestia sacudía el polvo en el trayecto escabroso, con la montaña de lado y un enorme guindo que daba al río. Cuando vadearon el río, Mariela deslizó sus manos sobre el pecho de su padre y se aferró a él con tenacidad por temor a caer al agua.

Pasaron frente a las primeras casas del pueblo más melancólico que existe. Mariela vio la escuela en la que pasó sus cinco años de infancia reprimida y fugaz; luego doblaron a la izquierda y dos borrachos roncaban en el atrio de la vetusta iglesia y, al fondo de la calle, escucharon la algarabía: se podía ver en los alrededores a mucha gente bebiendo cerveza; otros jugaban un bingo en la cocina comunal.

Mariela sintió miradas copiosas –Por eso papi, es que odio este pueblo.

–No les haga caso –replicó él.

Antes de entrar al salón vio a seis indígenas Ngabe de ropas multicolores, quienes regateaban su ingreso al baile y bebían cerveza. Adentro, un conjunto musical de acordes desafinados amenizaba el pachangón.

Adentro, Mariela acude al llamado de la música cumbia. Ella baila con su sombra, su dolor ahora no tiene significado, le importa poco lo que piensen los demás. Siente haber dejado atrás las ataduras. Esta noche no hay náuseas y ganas de vomitar, aunque hay algo que no le permite ser libre.

Mariela sufre su metamorfosis, la cual viene experimentando desde niña, sin forma definida. Ya no quiere volar como sus amigas las mariposas. Siente que las alas negras de su sueño fueron cortadas cuando caía al vacío, a ese abismo sin final. Acepta su condición y no avala reproches. No le importa. Ahora quiere regirse por el instinto animal freudiano.

Mientras baila con su sombra, (un tipo alto, delgado, moreno, de unos treinta y tantos), ella desliza sus manos sobre su pecho, lo abraza fuerte y él le da un beso.

La gente del pueblo los vio, y al unísono todos susurraron…

-Un padre no besa en la boca a su hija de 13 años.

MARIPOSA AMORFA II

16 agosto, 2021 11:05 am

 

Juan Diego Jara Arias

El día sábado Mariela se vistió con su mejor mudada, se pintó los labios de rojo y cuando acabó de peinarse se puso su inseparable vincha negra –Nos vamos ya –le dijo una voz seca.

Hubo una leve garúa después del mediodía, luego el aire se tornó húmedo. En el estrecho camino, rodeado de racimos verdes de plátano, café y árboles de targuá, iba Mariela en ancas del caballo, junto a su padre. La bestia sacudía el polvo en el trayecto escabroso, con la montaña de lado y un enorme guindo que daba al río. Cuando vadearon el río, Mariela deslizó sus manos sobre el pecho de su padre y se aferró a él con tenacidad por temor a caer al agua.

Pasaron frente a las primeras casas del pueblo más melancólico que existe. Mariela vio la escuela en la que pasó sus cinco años de infancia reprimida y fugaz; luego doblaron a la izquierda y dos borrachos roncaban en el atrio de la vetusta iglesia y, al fondo de la calle, escucharon la algarabía: se podía ver en los alrededores a mucha gente bebiendo cerveza; otros jugaban un bingo en la cocina comunal.

Mariela sintió miradas copiosas –Por eso papi, es que odio este pueblo.

–No les haga caso –replicó él.

Antes de entrar al salón vio a seis indígenas Ngabe de ropas multicolores, quienes regateaban su ingreso al baile y bebían cerveza. Adentro, un conjunto musical de acordes desafinados amenizaba el pachangón.

Adentro, Mariela acude al llamado de la música cumbia. Ella baila con su sombra, su dolor ahora no tiene significado, le importa poco lo que piensen los demás. Siente haber dejado atrás las ataduras. Esta noche no hay náuseas y ganas de vomitar, aunque hay algo que no le permite ser libre.

Mariela sufre su metamorfosis, la cual viene experimentando desde niña, sin forma definida. Ya no quiere volar como sus amigas las mariposas. Siente que las alas negras de su sueño fueron cortadas cuando caía al vacío, a ese abismo sin final. Acepta su condición y no avala reproches. No le importa. Ahora quiere regirse por el instinto animal freudiano.

Mientras baila con su sombra, (un tipo alto, delgado, moreno, de unos treinta y tantos), ella desliza sus manos sobre su pecho, lo abraza fuerte y él le da un beso.

La gente del pueblo los vio, y al unísono todos susurraron…

-Un padre no besa en la boca a su hija de 13 años.